Detrás de un niño distraído, existe un cerebro que aún está madurando.

A veces un niño parece entender perfectamente lo que debe hacer, pero algo ocurre entre la instrucción y la acción, olvida, se distrae, se frustra o abandona rápidamente. En muchos casos, no se trata de falta de inteligencia, sino de habilidades cerebrales que todavía están madurando.

Cuando estas habilidades se fortalecen adecuadamente, el niño logra concentrarse mejor, adaptarse a cambios y resolver tareas con mayor seguridad. Pero cuando algunas áreas aún no maduran, comienzan a aparecer señales que muchos padres de familia, sobre todo las madres, detectan antes que el colegio.

En este punto, muchas familias comienzan a sentirse confundidas. Escuchan comentarios como “es distraído”, “no pone atención” o “es desobediente”, cuando en realidad podrían existir dificultades en funciones cerebrales que intervienen todos los días en la conducta, el aprendizaje y la regulación emocional. Estas habilidades son conocidas como funciones ejecutivas, y son aquellas que tienden a confundirse con un TDAH, puesto que con ellas un niño puede esperar turnos, seguir instrucciones, terminar tareas, controlar impulsos, recordar lo que debe hacer, manejar tiempos entre una actividad y otra, además, gestionar sus emociones ante el reto o desafío de la indicación.

Estas habilidades dependen principalmente de áreas del cerebro ubicadas en la corteza prefrontal, una región que continúa desarrollándose durante la infancia y adolescencia, incluso después de los 25 años, según investigaciones en neurodesarrollo realizadas por el National Institute of Mental Health (NMH), las cuales muestran que, la corteza prefrontal es una de las últimas áreas cerebrales en alcanzar su maduración completa.

Asimismo, diversas investigaciones en neurociencia comparan las funciones ejecutivas con el sistema de control del cerebro, porque ayudan a coordinar pensamientos, emociones y conducta frente a los retos diarios.

Intervención oportuna de la madre

Muchas madres perciben pequeñas señales mucho antes de recibir un reporte escolar. Notan que su hijo se distrae fácilmente, tarda demasiado en terminar tareas o se frustra por situaciones simples, lo cual permanece a lo largo del tiempo y va en aumento, pese al apoyo y supervisión con que ellas acompañan a sus hijos para contribuir en el cumplimiento de tareas, refuerzo de contenidos, preparación para exámenes; obteniendo resultados por debajo del promedio del grado escolar, generando agotamiento emocional tanto en los hijos como en las madres que diariamente intentan apoyarlos. Esa observación cotidiana tiene un enorme valor, ya que constituye el conglomerado de síntomas que apuntan a este diagnóstico de inmadurez y no a un TDAH erróneamente diagnosticado.

Es imperante tomar en cuenta que el desarrollo cerebral también puede verse afectado por hábitos cotidianos: el exceso de pantallas, el sueño insuficiente, la falta de movimiento físico o ambientes con estrés constante, altos estándares de exigencia para el área académica e incongruencia en los hábitos de la vida diaria, o más aún, padres que requieren desarrollar su autoevaluación y corregir el modelo de gestión de la rutina, para apoyar a fortalecer el aprendizaje por modelado e imitación a través de las neuronas en espejo. Por ello, el modelado emocional y conductual de los adultos influye directamente la regulación emocional, capacidad de atención y el desarrollo de las funciones ejecutivas en los niños.

Con el tiempo, muchos niños comienzan a creer que no son capaces. Algunos dejan de intentarlo, otros evitan participar en clase y poco a poco construyen una imagen negativa de sí mismos.

Actualmente, la neurociencia reconoce que habilidades como la atención, el control de impulsos, la memoria de trabajo y la flexibilidad mental, influyen directamente en la capacidad del niño para aprender, resolver problemas, enfrentar desafíos académicos y emocionales.

El cerebro desarrolla estas habilidades de forma progresiva y jerárquica. Primero madura el control inhibitorio, luego la atención y memoria de trabajo, y posteriormente habilidades más complejas como la planificación y organización. Diversos estudios en neurodesarrollo muestran que este proceso ocurre gradualmente a lo largo de la infancia y adolescencia. Adele Diamond, investigadora reconocida internacionalmente en funciones ejecutivas y desarrollo infantil, explica que estas habilidades constituyen la base del aprendizaje, la regulación emocional y la adaptación social, desarrollándose de forma progresiva conforme madura la corteza prefrontal.

Comprender cómo funciona el cerebro infantil permite mirar las dificultades desde una perspectiva más humana. Detrás de muchos niños etiquetados como distraídos o desobedientes, adolescentes frustrados y jóvenes sin rumbo académico, existen procesos neurológicos que todavía necesitan apoyo, comprensión y acompañamiento para explotar su potencial y convertirse en las personas exitosas que su diseño original le ha provisto a cada uno.

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